esta semana prometía y el lunes le hicimos caso. Nos fuimos a la playa.
Daniela bajó del bus y para allá que nos fuimos mi madre, ella y yo. Y recogimos a mis sobris. Y nos fuimos a una playa pequeña, cerca, cómoda en plena ría...
La imagen que yo llevaba en la cabeza estaba clara, mi cesta de paja, minivestido... mi libro...
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La realidad, una vez más, me supera y me supera porque con veintipocos te ríes de las "matronas" que en la playa les gritan a los niños desde la orilla, les dan el bocata de chorizo o salchichón "ven que te coge el frío" "no te alejes tanto" etc etc etc....
Pues tal cual. No puedes relajar la espalda en la toalla porque uno de mis sobrinos es un pato sin miedo, todo el día a remojo. El otro no para ni un segundo y es híper despistado. La mía quiere pasear, quiere que la mire, quiere que comparta su juego...
Así que ni libro, ni glamour... palas, disco, escalar rocas, lavar conchas, beber "té de mar" (mmhh, delicioso!!!). Sí y tuve que levantar el tono un poco (lo siento por mis vecinos playeros, menos mal que casi todos eran madres/padres) y comimos bocatas que supieron a gloria.
















