Ayer pensaba que una de las sensaciones que me invade cuando pienso en Francia es libertad. Haber sido libre. Y no sé por qué. No es que haya hecho nada diferente a lo que hacía aquí. Pero creo que la forma de pensar de los franceses, o especialmente, de mi amiga Sophie acerca de la libertad individual, del respeto y la tolerancia... eran cosas que en cuanto pasaba la frontera las hacía más "mías" que aquí.
Con 16 ó 17 años fumábamos a escondidas... y el lugar favorito, sin duda, era salir por la noche al tejado, tumbadas contra la ventana, en pijama. Bajo el cielo negro, estrellado; los cielos más negros, más estrellados y el negro más aterciopelado que vi en mi vida, no oscuro, sino brillante. No sé si por ser una isla. Si por su latitud. Por lo que sea. Espectacular.
Y allí pasábamos horas. Hablando en el idioma más raro que hablamos nunca. Porque no hablábamos ni español, ni francés. Sino una mezcla perfecta donde nos entendíamos sin diccionario y sin perdernos nada de la conversación. Pidiendo deseos a las estrellas fugaces porque veíamos estrellas fugaces todas las noches. Fugaces como aquellos días. Fugaces como aquella sensación de libertad. Fugaces como los amores adolescentes que ocupaban gran parte de nuestras conversaciones.
Pero, sin embargo, tan para siempre. Todo lo que vivimos, lo que dijimos, lo que hablamos, lo que sentimos.
Y hoy, de repente, viene un recuerdo de una noche, gracias a una foto, de día (vía decoratualma)

No sé cómo se llama esta estancia, sé cómo se dice en francés pero ni idea en español. En aquella casa había una. No la usábamos mucho. Pero me recuerda mucho a esta. Recuerdo una comida de domingo, hace años, con Mummy Clairette. Con Gaby. Con Annelyse pegada a una muñeca y que ahora tiene tres hijos. Con el paso del tiempo. Cuando parecía que aquellas comidas de domingo serían para siempre. Y qué lejos está todo ahora. Incluida la sensación de libertad.
